24.5.07

Una de cal, otra de arena.

Son las 12 de la noche y esto es lo que se ve por mi ventana:

Así no se puede dormir, da rabia perderse un espectáculo tan bello.
Para espectáculo, el que dimos ayer. Me he apuntado con los colegas del futbol dominguero a una liga de futbol en Tampere. Es una liga para acabados, ya que los campos son pequeños y juegan 9 jugadores por equipo. Además se pueden hacer todos los cambios que se quieran. Y lo mejor de todo es que ayer, en el primer partido de la liga, fuimos tantos que había 2 jugadores por posición. Al principio me asusté un poco. Casi todos llevaban espinilleras de protección, y yo ni siquiera llevaba calcetines altos! Nuestras camisetas eran negras, compradas de las tiendas más baratas. Los contrarios llevaban camisetas naranja fosforito con números y equipación profesional. El arbitro (un Kojak de unos 50 años) nos avisó de que era un juego de hombres, que no pararía el juego por pequeñeces. Así que empezamos el partido, yo con un poco de susto en el cuerpo, para ver que al final de la primera parte ibamos ganando 1-0!! El resultado final fue de empate a un gol, nada malo para cómo pintaba al principio, y solo me llevé una patada en la espinilla derecha (ay! acabo de cerciorarme de que era la derecha). Intenté convencer a mis amigos y luego al Mono para celebrarlo en el Doris, pero nadie se apuntó y al final ganó el pulso mi cama.
Y hoy tocaba día cultural. Por la tarde había en el Telakka una actuación del grupo Tartuntavaara de teatro. Miguel ha diseñado parte de la escenificación de la obra. La cosa prometía al principio, en plan absurdo post-moderno, mezcla de culturas. Había gente de distintos países hablando distintos idiomas, pero eso no impedía seguir la trama. Bailes africanos, canciones turcas (?) y finlandesas, música en directo, todo muy bien hasta que a los 15 minutos de empezar me entran ganas de ir al baño. Y yo sentado en medio de la fila del medio de los asientos para el público, con 8 personas a cada lado. Para más inri, la salida estaba detrás del escenario, que realmente era un espacio abierto, sin separación física del público. De forma que para ir al baño había que incomodar a varias personas, pasar delante del público, tapando el escenario y además pasar delante de los cantantes y la orquesta. Allí se acabó mi disfrute de la obra. Pasaban los minutos como horas y yo intentaba acumular valor e indiferencia para atreverme a molestar a todo el mundo para llegar al baño. Entonces la actuación parecía que haría una pausa y yo me aguantaba. Y luego todo era mentira. Así estuve casi una hora sufriendo hasta que por suerte se acabó cuando yo no podía más. Creo que fui el único que aplaudió levantado, pero sólo era para salir más rápido de allí. Qué mal rato, sudando una hora, temblando de desesperación! Siento no contar más de la obra, pero no pude concentrarme en ella. Eso sí, el alivio fue de alivio y a la salida nos tomamos una cerveza el Mono, su ............ (rellenar a gusto propio, con y sin paranoias) y una amiga de ella, y, después del dolor del teatro, me pareció la mejor velada en mucho tiempo.
Mmmm, ya huele a fin de semana!
T

2 comments:

Juan Pablo said...

Siento profunda envidia porque hayas disfrutado de tamaño despliegue plurifusional de pluriculturas que tanto gusta a las masas correctas de hoy. Acaso el único óbice que yo le encuentro a tan magno acaecido es que faltaba algún representante de ese país antes llamado España. Se me viene a las mientes un grafitero asturiano que reivindicase su milenaria lengua recitando versos del archiconocido aedo Sidrín de los Celtas. Y qué tal si se hubiese quemado un monigote que simulase ser Cervantes por tantos años de opresión fascista y centralista de esa lengua mesetaria y opresora. Todo ello aliñado con eructos de Kazajistán, ventosidades esquimales y sinfonías sobaquiles de Uganda.

Pero te admiro el trance por el que pasaste. Supongo que mientras tu vejiga reventaba a ti te dio por citar a Calderón de la Barca con su "Ay mísero de mí, ay infelice" (pido perdón por el ejemplo fascista).
Recuerdo cierto día en que interpretaba mi papel de chico bueno, sensible, que llora viendo Lassie, intentando sofaldar a una canaria que estaba de toma pan y moja. Pero he aquí, oh infausta providencia, que sufrí en mis intestinos la picaresca de unos meseros sin escrúpulos que rellenaron con agua del grifo lo que debería ser inmaculado fluido mineral. Y en Canarias el agua del grifo es peor que la Venganza de Moctezuma. La cosa tardó en manifestarse. Tardó lo justo como para que me sorprendiese en plena seducción inútil. Una agitación que ríete tú de Napoleón dando órdenes como un loco en Waterloo se me suscitó en los interiores. Era una pugna salvaje. La naturaleza o yo. Una batalla descomunal se libraba en mi panza, mientras me esforzaba por ser el más dulce, el más ingenioso, sin por ello dejar de reírle las gracias a mi cortejada y fingía que me moría de ganas de saber cómo murió su tía Clotilde. Mi andorga rugía. Aquello no eran retortijones sino bramidos de elefanta a punto de parir. Me notaba el sudor frío. Sentía mi rostro pálido. La brisa marina y húmeda me hacía flaquear. Yo apretaba y me comprimía. La charla proseguía y por fin llegamos a su hotel. Ella me dio dos besos con premura por si acaso yo intentaba el viejo y necio truco del pico fugaz de despedida. Me sentí poseído por una cuenta atrás irrefrenable a la par que la veía alejarse hacia su hotel-por supuesto, no miró hacia atrás- Contaba los pasos, los segundos, y porfiaba en aplastar mi sedición abdominal. El sudor frío me goteaba por la espalda y ya no sentía. Era un legionario en Cannas viendo cómo los veteranos de Aníbal comenzaban a sajar gargantas. Palpé la muerte. Olí el abismo de mi derrota. Estaba vencido. Barrunté mi posada pero era tarde. Las compuertas ya cedían. Las murallas se desmoronaban. Nada se interponía entre mi escarnio y yo. Percibí los primeros asomos. Un aullido de dolor se oyó en la noche y ya iba a izar bandera blanca (o de otro color) cuando un oasis en forma de isleta con varios árboles se apareció ante mí. Recorrí tembloroso los últimos pasos, desabroché mi impedimenta y me abandoné. Cañonazos. La artillería no dejó títere con cabeza. Tras el alivio un silencio sobrecogedor, casi místico. Busqué testigos de mi afrenta, mas no hallé alma que pudiese mofarse de mí. Partí de aquel lugar con el gesto ufano y pletórico de bizarría, dejando atrás nefastos recuerdos que bien merece la pena no recordar.

Tobias said...

Jajjaa, JP! Lo que más ilusión me hace de meter entradas es saber que vas a contar alguna de tus aventuras. La verdad es que es un sufrimiento sobrehumano, pero hay gente más avanzada e inteligente que nosotros que ha sabido ver la amenaza del apretón y reconvertirla en una oportunidad que han aprovechado. Ilumínanos, oh Madero!
Por cierto, en la obra sí que había una actriz española que hablaba el idioma de Torrente. De hecho, tenía un papel importante en la trama, aunque no muy estelar en cuanto a apariciones.
T